9.1.26

La esperanza de Job y nuestra esperanza en las aflicciones

Todos sufrimos. La pregunta no es "si" vamos a sufrir; sino "cómo", "cuándo", "por cuánto tiempo" y "con qué magnitud" va a venir nuestro próximo sufrimiento. No es pesimismo; toda persona que haya vivido lo suficiente sabe que es verdad. Muchos creen que si "manifestamos", si le pedimos lo suficiente "al Universo" o si "vibramos alto" estas cosas no nos van a tocar, pero no conozco una sola persona que pueda repeler las aflicciones sólo con imaginarlo. De hecho, si eso pasara, seríamos inmortales, porque la muerte es dolor. Dolor del más profundo. Dolor que nos recuerda que estamos en un mundo caído. 


Y los cristianos no somos la excepción a la regla. El que quiera hacerse cristiano "para no sufrir" no entendió nada. Sé que muchos charlatanes y falsos maestros usan el nombre de Dios para prometer felicidad terrenal, pero Jesús nunca prometió eso, y sus apóstoles tampoco. Más bien al contrario. Pablo nos recuerda en 2 Timoteo 3:12 que "todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución". Sí, el cristiano ES feliz, pero su felicidad no depende de la falta de aflicciones en esta tierra; si no, su felicidad sería extremadamente frágil. 


Uno de los mayores ejemplos a los que concurrimos para sostener la fe en medio de la aflicción es Job. Job era un hombre piadoso (el más piadoso de su generación, según el testimonio del mismo Dios) y rico. Fue tentado y puesto a prueba por Satanás, con el permiso previo de Dios (sin el cual él no puede hacer nada). Satanás quería probarle a Dios que Job lo adoraba y le daba su devoción sólo porque vivía dentro de una burbuja sin sufrimiento, en una condición favorable: era rico, tenía una gran familia, era poderoso en su época, la gente lo respetaba y tenía salud. Satanás le sacó a Job uno a uno todos esos pilares en los que, según él, se apoyaba la esperanza que él tenía en Dios; y aún así, la fe de Job siguió firme en Dios. ¿Qué fue entonces lo que lo sostuvo? ¿Cuál fue esa "fórmula mágica", para que nosotros también podamos aplicarla en medio de nuestras propias aflicciones (seguramente mucho menores a las de Job) y así poder perseverar?


Bueno... [Spoiler alert!] No existe tal fórmula mágica. Pero hay una cuerda con salvavidas que rescata a los cristianos afligidos desde los comienzos del mundo, y sigue estando hoy a nuestro alcance. El apóstol Santiago nos dice respecto a Job: "He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren. Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y compasivo." (5:11). Estas no son palabras al aire por parte del apóstol, sino que son la respuesta a la pregunta que Job había hecho en voz alta algunos cientos de años atrás: "¿Cuál es mi fuerza para esperar aún? ¿Y cuál mi fin para que tenga aún paciencia?". "Su fin" era "el fin del Señor", el que el Señor tenía para él, y no estaba basado en que sus aflicciones menguaran, ni en que recupera su riqueza y su honra, ni en que volviera a tener salud, ni en que sus amigos reconocieran su torpeza en la forma errada en que quisieron consolarlo... El "fin del Señor" para Job, y para cada uno de sus hijos, se basa en el propio carácter de Dios: que él es muy misericordioso y compasivo


En medio de las aflicciones todo nuestro mundo tambalea. Las estabilidades a las que estábamos acostumbrados desaparecen. Se caen cosas que dimos por sentado durante mucho tiempo. Incluso cosas buenas. Estaban ahí y nos daban seguridad, pero ya no están. Y ya no es seguro que vayan a volver a nosotros. Nadie sabe. Ya no tenemos el control sobre esas cosas. O tal vez nunca lo tuvimos en realidad... Sólo que no lo sabíamos, y ahora lo sabemos. De la manera más dolorosa y desesperante. Cuando todo lo que teníamos por "suelo firme" se convierte en arena movediza, ¿dónde está puesta nuestra fe? ¿Cuál es la roca en la que nos paramos? Bueno, el carácter de Dios es una roca segura, porque no cambia. No vinimos a confiar en un dios griego, caprichoso y llevado por sus pasiones. Confiamos en el único Dios verdadero, cuyo carácter no cambia. Él es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos (He. 13:8; cf. Mal. 3:6, Deut. 7:9, Nm. 23:19). Su Palabra no cambia (Is. 40:8, Mt. 24:35, 1 Pe. 1:25). Sus promesas no cambian (2 Co. 1:20, Ef. 3:20, He. 6:17-18, 10:23). Su fidelidad no depende de la nuestra, porque él no puede negarse a sí mismo (1 Co. 1:9, 2 Ti. 2:13). Su carácter es el suelo firme sobre el que podemos pararnos cuando todo cae. Él no va a caer. Como dice un viejo himno: "Estoy parado sobre Cristo la Roca sólida; cualquier otro suelo es arena movediza".


¿Y cómo es ese carácter inmutable de Dios, que nos puede traer esperanza en la peor de las aflicciones? Él es "muy misericordioso y compasivo". ¡Me encanta el "muy"! Parece hasta redundante. Suena a que Santiago es un nene pequeño queriendo expresar más de lo que su limitado vocabulario le permite. La misericordia y la compasión de Dios son inigualables. Spurgeon dijo una vez que "[Dios] es demasiado bueno para ser duro, y es demasiado sabio para equivocarse; entonces, cuando no podemos rastrear su mano, debemos confiar en su corazón". Conocemos su corazón, él nos lo dió a conocer. ¡Podemos confiar en ese corazón, aunque no logramos entender o ver el panorama completo de lo que está haciendo! El apóstol Pablo usó un argumento similar cuando dijo que si él "no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?".


Job sabía que había confiado en un Dios fiel, y esa era la esperanza que lo sostuvo. Él no tenía el panorama completo, como nosotros lo tenemos ahora; él no llegó a ver el amor de Dios materializado en la encarnación, vida perfecta, muerte sustitutiva y resurrección de Cristo a nuestro favor. Job veía de manera "nebulosa" el carácter de Dios, como en un espejo muy gastado. De hecho, en sus altibajos en medio del sufrimiento, llega hasta a acusar erróneamente a Dios de crueldad, pero aún así, su fe estaba puesta sólo en Dios. (Y aún los errores de Job están también escritos para que nosotros podamos aprender). En medio de su incertidumbre y dolor, él apelaba a un Medidor (9:32-34) y a un Redentor (19:25-27). Y confiaba tanto en que su esperanza era Dios, que llegó a decir: "Aunque él me matare, en él esperaré" (13:15). Claramente, su esperanza de redención no era sobre esta tierra. Job no entendía muchas cosas, y algunas las entendía mal, pero algo sabía: que Dios debía tener alguna buena razón para permitir todo lo que permitía; por eso Job "no atribuyó a Dios despropósito alguno" (1:22). Sabía que Dios estaba al control, y confiaba en eso.


Nosotros conocemos más el corazón de Dios de lo que lo conocía Job. Vimos el precio que él estaba dispuesto a pagar para salvarnos. Nosotros vimos el rompecabezas mucho más completo de lo que Job lo vio; y aunque en esta tierra, y dentro del tiempo, ese rompecabezas todavía no esté del todo completo, no necesitamos imaginar demasiado cuál es la figura final; ya se vislumbra bastante. Ya es bastante clara. Y su misericordia y compasión son el pegamento que une cada pieza de ese rompecabezas. Lo impregnan todo. En cada pieza se dejan ver. Porque él es MUY misericordioso y compasivo (Éx. 34:6-7, Sal. 25:10, Sal. 86:15, Sal. 89:14, Sal. 103, Sal. 136, Sal. 145:8-9, Lm. 3:22-23, Miq. 7:18-19, Mr. 6:34, Ef. 2:4-5, He. 2:17-18, He. 4:14-16).


Esa es nuestra esperanza en la aflicción: que él no cambia, por lo tanto es (en cierta medida) previsible. Firme. Sólido. Confiable. Como un ancla pesada, fuerte, que no se mueve de su lugar y por eso puede sostener al barco más débil en la tormenta más violenta. Eso es lo que nos dice Hebreos 6:17-20: "(...) queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre (...)". Él basa su promesa en la inmutabilidad de su carácter, y esa es la esperanza a la cual tenemos que asirnos como a un ancla. Ese ancla nos aferra a él para que las olas y los vientos no nos muevan (Ef. 4:14, Stg. 1:6-8). Y ese ancla está firme dentro del velo, donde él entró como sacerdote y hoy intercede por nosotros. Aún en la aflicción, nuestra esperanza no está en que nosotros podamos permanecer firmes (¡Porque solos no podemos! Si fuera por nosotros, ya nos habríamos ahogado - Sal. 124:1-5). Aún ahora nuestra esperanza es que él intercede por nosotros. Si somos suyos, la prueba no va a revelar un corazón desaprobado como el de Judas; sino uno como el de Pedro, que aunque torpe e impulsivo, permaneció en fe, porque Jesús así lo pidió al Padre (Lc. 22:32). ¡Que Dios nos ayude a confiar! Razones nos sobran.


"Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro" (He. 4:14-16).